Detrás del humo Artes Visuales Por Dai Do Lo primero es un sobresalto, cuando el sol pega en el ángulo justo y vemos que la galería se quema. Pero luego, al entrar, es el mismísimo Papa quien apacigua nuestros temores. Ese fuego que parece saltar de la pared corresponde a la obra Ritual, de Andrés Jacome Parra, que evoca, en primera lectura, a la quema de Judas. Sin embargo, encontramos una segunda pintura llamada Reminiscencia, donde es un auto lo que se quema en vez de un muñeco –suponemos que es un muñeco, en todo caso–. En el muro diametral y simbólicamente opuesto tenemos, de nuevo, el fuego. Paisaje Andino 2, de Abel Fernandez, donde la cabeza de un huemul y un cóndor observan clavados en estacas un horizonte que se consume, y el díptico fotográfico Cohabitar el peligro, de María Isabel Valderrama, donde la cabellera de la modelo se funde con la tierra quemada. Sí, el fuego tiene una cualidad transformadora, pero no es lo mismo el fuego como manifestación, que el fuego manifestado. Las obras de Jacome Parra presentan un mismo estilo: trazos expresivos y violentos, escenarios oscuros que realzan la luminosidad de las llamas. Impactan no sólo por lo bien logrado del efecto, sino que estimulan nuestra memoria reciente. La referencia obvia, quizás algo vaga, tiene que ver con la revuelta de 2019, donde las llamas fueron punto de reunión y protesta. Los traidores pueden tener muchos nombres según quien mire, mientras que el auto bien podría ser un Cybertruck (Tesla) como un nuevo símbolo del capitalismo tardío. Jacome Parra hábilmente obscurece la conclusión evidente, nos deja solos frente a las llamas, invitándonos a llenar los vacíos con nuestra propia leña. Escondida entre las cenizas está la posibilidad de un mundo nuevo; la duda está en si, como sociedad, somos igual de buenos para construir que para quemar. Usamos el fuego como catarsis, pero el ritual queda ahí. Olvidamos su fulgor, mientras los incendios forestales son el ejemplo de una organización sistémica y codiciosa, bien delineada, que nos hace sentir impotentes. El conglomerado inmobiliario tiene resuelto ambos lados de la ecuación de forma impune. Se arma un plan de prevención, pero no se toca la ley de uso de suelos. Cohabitamos el peligro porque la patria ha sido decapitada, vendida y comprada. Un fuego pequeño, como el de un muñeco de trapo o un automóvil, no hará los estragos de un megaincendio. La analogía funciona de forma inversa: ¿Qué cambios pueden esperarse de gestos simbólicos controlados e inofensivos? Cabe por supuesto el contraargumento, de que para muchos las barricadas y los desmanes no fueron ni controlados ni inofensivos. El fuego siempre estará en el arte, quizás cada vez más. Los juicios valóricos dependerán de lo que hagamos con las cenizas. Un cuadro, una fotografía, un edificio. O dejar que otro las barra.